Dicen que uno es lo que come. Que yo sepa, TODAVÍA, no soy un cuarto de libra. Ni soy un panchito (aunque me vendría bien que se me fueran cayendo papitas pay para no perderme por la calle). No soy pizza porque no chorreo quesito caliente, ni soy los ravioles del domingo. No soy asado, no soy empanadas, no soy milanesas (menos mal, me hubiese auto-comido hace tiempo).
Para mí, uno es lo que dice. Los ideales que defiende. Lo que piensa. Lo que hace, y lo que deja de hacer. Uno es, algunas veces, lo que quiere, y otras, lo que puede. Es lo que anhela, lo que sueña. Es los tres deseos que pediría si existieran los genios. Es lo que espera del mundo. Y lo que quiere dejarle. Es sus afectos. Es su historia. Es la historia que quiere construir. Es las esperanzas que tiene. Es las sonrisas regaladas, y las lágrimas lloradas. Es los pasos que dio y los que piensa dar. Uno es... uno. Uno mismo. Que jamás, nadie, podrá reemplazar o imitar. Ni limitar.