miércoles, 12 de febrero de 2014

Soplaba viento del mar, ese típico de las ciudades costeras. Ella estaba sentada sola. Miraba el atardecer. Observaba cómo las gaviotas ocupaban la playa donde horas antes, las familias estaban. Miraba y pensaba. Este era sería su último verano de su viejo yo. Estaba decidida a que este año, las cosas realmente cambiarían. Ella cambiaría. No dejaría que nada se le escapara de las manos. Haría lo que siempre había querido hacer. Este año, se repetía, sería el primer año realmente feliz. Dejaría de preocuparse por pequeñeces, el mal humor y la tristeza sólo serían viejos conocidos. No iba a dejar que nada ni nadie impidiera que este fuera el año, SU año. Estaba convencida que sus sueños comenzarían a hacerse realidad, que todo saldría bien.
Siguió mirando el mar, pensando cuáles eran los pasos a dar. Por dónde empezar. 
Una gaviota pasó volando por encima de ella. Sintió que algo caía en su cabeza. Pasó su mano por su pelo. Sí, había pasado lo que creía. Sonrió. Nada, ni una gaviota, le quitaría la calma nunca más.