martes, 9 de septiembre de 2014

Uno es...

Dicen que uno es lo que come. Que yo sepa, TODAVÍA, no soy un cuarto de libra. Ni soy un panchito (aunque me vendría bien que se me fueran cayendo papitas pay para no perderme por la calle). No soy pizza porque no chorreo quesito caliente, ni soy los ravioles del domingo. No soy asado, no soy empanadas, no soy milanesas (menos mal, me hubiese auto-comido hace tiempo).
Para mí, uno es lo que dice. Los ideales que defiende. Lo que piensa. Lo que hace, y lo que deja de hacer. Uno es, algunas veces, lo que quiere, y otras, lo que puede. Es lo que anhela, lo que sueña. Es los tres deseos que pediría si existieran los genios. Es lo que espera del mundo. Y lo que quiere dejarle. Es sus afectos. Es su historia. Es la historia que quiere construir. Es las esperanzas que tiene. Es las sonrisas regaladas, y las lágrimas lloradas. Es los pasos que dio y los que piensa dar. Uno es... uno. Uno mismo. Que jamás, nadie, podrá reemplazar o imitar. Ni limitar.

martes, 24 de junio de 2014

Esther

Anoche soñé con mi abuela. Soñé que estaba en la casa de mis abuelos, en una especie de fiesta, no sé bien si era un cumpleaños, una celebración o qué. Estaban los amigos de mis abuelos, amigos míos, y un montón de gente desconocida que, en el sueño, me resultaba conocida. Ahí, en el living de esa casa, pasaba todo. Yo tenía que hacer una funda para un sillón, que alguien me había pedido. No sabía cómo hacerla y todo lo que intentaba, me salía mal. En eso la "cámara" se da vuelta y enfoca a mi abuela. Mi abuela me retaba y me decía que cómo estaba haciendo las cosas así, cuando de otra manera, resultaban tan sencillas. Yo la miraba extrañada. No entendía qué hacía ella ahí. Cómo podía estar delante mío, si había fallecido hace casi 8 años atrás. Me podía hablar, y le podía hablar, como si nunca hubiese pasado nada. Nadie parecía extrañado con que mi abuela estuviese presente. Yo seguía sin entender cómo era que estaba parada frente a mí. No sé cómo, porque nadie me lo dijo, supe que mi abuela todo este tiempo había estado de viaje, como en otra dimensión. Nunca había estado enferma. Nunca había perdido su pelo ni usado peluca. Sólo se había ausentado, nada más. A nadie le extrañaba, a nadie más que a mí. Pero tampoco me animaba a preguntar. No entendía cómo mi abuelo había estado tantos años sin ella, cuando estar juntos era una opción. Ni cómo nunca habíamos hablado por teléfono o contactado de alguna manera. Pero ahí estaba, mi abuela, como si nada. Y me seguía retando. Que la costura estaba chueca, que el elástico estaba mal cosido, que cuando continuara cosiendo, iba a salir todo peor.
Me desperté feliz de haberla visto, tan bien, tan tranquila, sabiendo que lo único que le importaba, era que cosiera y me salieran las cosas lo mejor posible. Ella siempre fue una hábil costurera, sin estudios, sin usar moldes, siempre usó su inteligencia, razonamiento y astucia para hacer todo lo mejor posible. No era prolija, hacía todo a los apurones, pero llegaba a los resultados, y, a la vista, era todo increíble.
Traje de lo de mi abuelo, un vestido que ella se estaba haciendo y no pudo terminar. Lo tengo guardado. Algún día cuando tenga tiempo, lo terminaré y lo usaré, recordando a mi abuela, y este sueño, donde me ayudaba a coser.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Soplaba viento del mar, ese típico de las ciudades costeras. Ella estaba sentada sola. Miraba el atardecer. Observaba cómo las gaviotas ocupaban la playa donde horas antes, las familias estaban. Miraba y pensaba. Este era sería su último verano de su viejo yo. Estaba decidida a que este año, las cosas realmente cambiarían. Ella cambiaría. No dejaría que nada se le escapara de las manos. Haría lo que siempre había querido hacer. Este año, se repetía, sería el primer año realmente feliz. Dejaría de preocuparse por pequeñeces, el mal humor y la tristeza sólo serían viejos conocidos. No iba a dejar que nada ni nadie impidiera que este fuera el año, SU año. Estaba convencida que sus sueños comenzarían a hacerse realidad, que todo saldría bien.
Siguió mirando el mar, pensando cuáles eran los pasos a dar. Por dónde empezar. 
Una gaviota pasó volando por encima de ella. Sintió que algo caía en su cabeza. Pasó su mano por su pelo. Sí, había pasado lo que creía. Sonrió. Nada, ni una gaviota, le quitaría la calma nunca más.