Hace unas semanas en Sociología, hablábamos de las normas de la sociedad en la que vivimos. También hablamos de las expectativas que tenía la sociedad sobre todos. No personal, si no en general. A lo que la profesora explicó "Nosotras como mujeres, la sociedad espera que tengamos el pelo largo, que seamos finas cuando nos sentemos, tengamos hijos..." y siguió con la lista. En esos primeros dos puntos me detuve yo. Me miré a mí misma. Me miré y me encontré (como siempre) con mi pelo corto por los hombros, sentada en un banquito con una pierna para arriba y la otra debajo de mí. Y así soy yo. Y eso me diferencia del resto. Y hasta me enorgullece. La sociedad esperaba otra cosa de mí. Y no la culpo. Es más, yo misma esperaba otra cosa de mí. La sociedad y yo misma, decepcionadas de mí, qué coincidencia. Es que todos estamos acostumbrados a esas normas que, como explicaba mi profesora, "No las encontramos ajenas a nosotros, sino que desde chiquitos las vamos incorporando naturalmente. Y no nos damos cuenta, y las hacemos nuestras".
Más allá de que me pareció interesante la clase (por si no quedaba claro), me sentí identificada. Tuve tantos comentarios sobre mi pelo en estos años, que lo viví. Viví eso que el resto espera de mí y no cumplí, y así se me "venía en contra" por ir yo en contra. No, nunca tuve más problemas que ciertas burlas y comentarios sobre mi pelo, las hipótesis que despertaba mi corte y demás pequeñeces. Que por más pequeñeces que sean, me molestan. Pero esa clase me hizo entender un poco más la reacción de la mayoría de las personas.
Yo voy a seguir, con mi pelo corto como me gusta, por varios años más probablemente. Sobre todo por la sensación de llevar la contra que me trae satisfacción.
Ah, y para que sepan, mi profesora de Sociología tiene el pelo más corto que yo.
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