Hace un tiempo atrás, en un mundo lejano, había un pueblito llamado Maherén. En ese pequeño pueblito, vivían Jeherán, un hombre bondadoso y comprensivo, humilde y preocupado por los demás; y Sahamir, quien era la autoridad, era egoísta, y hacía las leyes a su antojo.
El pueblo cansado de vivir bajo las órdenes incoherentes de Sahamir, un día se dirigió a Jeherán y le pidió que hablara con él, para intentar que entrara en razón, ya que él era admirado en Maherén por su forma de ser. Jeherán aceptó y allí fue, en busca de una vida más digna para él, su familia, y el pueblo que lo vio crecer. Luego de muchas horas de charla (y muchas protestas de Sahamir), se dio por vencido, era imposible cambiar la opinión que tan arraigada estaba en aquel hombre que vivía en un mundo paralelo a la realidad. Ante esto, el pueblo decidió salir a las pequeñas calles de tierra a reclamarle a Sahamir sus derechos. Sahamir hizo oídos sordos a los pedidos desesperados. Ya no sabían qué hacer. Era imposible seguir en esa situación. Todo Maherén se hizo presente y decidió enjuiciar a Sahamir de una forma justa y honorable. Los hechos hablaron, y terminó en la cárcel. Jeherán reinó y, la paz, la hermandad y la bondad, también lo hicieron.
Qué increíble es que haya sucedido en un pequeño pueblito como Maherén, en un mundo y tiempo lejano, y que nosotros no podamos hacer valer nuestros derechos. Y qué increíble que sea tan difícil ser Jeherán en estos tiempos. Decididamente vivimos en el mundo del revés.